A los pies de la sierra de Cantabria...

San Vicente de la Sonsierra

Decía el historiador francés Jacques Le Goff que apoderarse de la memoria y del olvido es una de las máximas preocupaciones de aquellos que detentan los poderes fácticos. De hecho, a Le Goff le preocupaban los silencios o, mejor dicho, los silenciamientos en la historia.

Y es que, aunque parezca una contradicción, los silencios revelan muchas cosas. Por de pronto, miedo e ignorancia, pero, sobre todo, manipulación, cuando no adulteración. Desde la Grecia antigua hasta el siglo XIX (durante el que empezó la disciplina histórica profesional), la historia ha sido pervertida y moldeada por quienes han ejercido el poder, pasando a la posteridad tan sólo una parte, la de los vencedores. Y, precisamente, ha sido esta la que ha tenido mayor presencia hasta hace relativamente poco tiempo. Pero, la historia no debe ser interpretada desde un único punto de vista acorde a nuestras sensibilidades políticas, ni mucho menos.  La historia es un bien común y a uno/a le puede gustar o no gustar, pero, la historia es la que es y, mal que nos pese, la tenemos que aceptar. Si señalo todo esto es porque, considero, siguiendo a los principales especialistas en esta cuestión, que el primer paso que debe dar una sociedad para la concienciación de su pasado y la construcción de un relato histórico común es aceptar los hechos, pues ello forma parte de nuestra educación como ciudadanos. Por tanto, admitir esto último es el primer paso que debemos dar para recuperar y mantener viva nuestra historia colectiva, o como  la conocemos hoy día, nuestra “memoria histórica”. Por eso, recomiendo a todos aquellos/as que prevean que pueden sentirse heridos/as con este post que dejen de leer aquí, porque, quizá, lo que a se relata a continuación pueda herir sensibilidades.

Como decía, creo firmemente que lo señalado hasta aquí son los pasos necesarios para comprender nuestro pasado en su justa medida y, todavía lo es más, en pueblos pequeños como este, que durante periodos convulsos y realmente difíciles como la Guerra Civil y el franquismo fueron azotados con gran virulencia por la represión. Una represión que no sólo se limitó a condenar, ejecutar, depurar y encarcelar a sus opositores y críticos, sino que también propagó el miedo, convirtiendo a todos los vecinos directa o indirectamente en  confidentes y cómplices de la policía, marcando duramente nuestro carácter. Por tanto, se debe comenzar aceptando que esto fue así y que no se puede ni silenciar, ni negar, aunque en este país se deban tomar aún medidas que nos equiparen a Alemania, cuyas políticas de la memoria son más ecuánimes.

La verdad es que casi cuarenta años de dictadura dan para mucho. Así, a día de hoy, continúan presentes muchas actitudes de entonces, a través de eso que los historiadores especializados en el estudio del franquismo hemos denominado franquismo sociológico. Y es que, la sociedad fue golpeada con tanta frecuencia por el miedo que, aún, a día de hoy, cuando ya llevamos más de cuatro décadas disfrutando de plena democracia, ese miedo todavía se respira, se siente y se toca en las actitudes de vecinos, familiares y amigos.

Pero, ¿qué ocurrió aquí para que sea especialmente difícil hablar sobre aquellos años en la actualidad? Demasiadas cosas, quizá. Una importante inmigración que aumentó notablemente la población de San Vicente entre finales del XIX y principios del XX, doblando el número de habitantes actual y trayendo ideologías anti-sistema como el anarquismo. La proclamación del comunismo libertario en 1933, la quema de su archivo y el encarcelamiento de sus instigadores. Una cruenta Guerra Civil, numerosos fusilados/ejecutados por las batidas del bando rebelde y, sobre todo, una represión dilatada en el tiempo. También una “olvidada” depuración con encarcelamientos de personas que detentaron cargos políticos municipales durante la República, que formaron parte de aquella experiencia comunista-libertaria del 33 o que, simplemente, fueron maestros cercanos ideológicamente al proyecto educativo de la Institución Libre de Enseñanza (un proyecto creado bastante antes de la instauración de la II República). Robos, hurtos y rapiña. Cartillas de racionamiento y enfrentamientos entre vecinos/as por pan, pero, también por la posesión de la tierra. Nada nuevo. Nada que no se sepa por el vox pópuli, ni nada diferente a lo que ocurrió, a grandes rasgos, en otros municipios. En los inmediatos Labastida y San Asensio ocurrió algo parecido, y, en el algo más alejado Caspe (Aragón), también. Sin embargo, la represión y las ejecuciones sumarias tuvieron una especial virulencia en La Rioja, donde se llegaron a ejecutar, por diferentes razones, a casi 2.000 personas para un territorio poblacionalmente bastante más vacío que Vizcaya o Guipúzcoa. Y San Vicente de la Sonsierra no estuvo al margen de todo esto.

Por poner tan sólo un ejemplo de todo lo señalado, me gustaría recordarles, aprovechando su reciente efeméride, que un 5 de noviembre de 1936 diferentes personas de ideología anarquista, comunista y republicana procedentes de San Vicente, San Asensio y Labastida fueron sacadas violentamente de sus casas, trasladadas a la carretera que une Labastida con Rivas de Tereso, fusiladas y arrojadas a una cuneta. Algunas de las familias de estos fusilados, entre ellas la del padre de B.R.L., fueron informadas de lo sucedido a través del médico del mencionado municipio alavés, que les indicó el lugar del fusilamiento y la ubicación de los cuerpos.

Sin embargo, ¿cómo conocía este médico lo sucedido con tanta exactitud? ¿cómo podía conocer la ubicación con tanta precisión? Y, sobre todo, ¿cómo sabía que eran ellos y no otros quienes habían sido los fusilados? La respuesta puede ser aparente y, aunque no suele ser siempre así, en este caso así parecen indicarlo las fuentes. Con toda probabilidad, estos ejecutados fueron delatados por el mencionado médico. Sí, así pudo ser. Según ha estudiado Javier Gómez Calvo para el caso de Labastida, no cabe duda de que el médico del municipio tuvo una implicación directa en la delación de los desaparecidos y ejecutados en Labastida, pero, también en los pueblos colindantes. Así, pone el ejemplo del cenetista bastidense León Quintana, el cual, según informes de la Guardia Civil, tenía escondidos explosivos y armas de fuego en algún lugar de las cercanías de la sierra del Toloño desde 1933. Estas sospechas y las acusaciones de un requeté de Labastida sobre esta presunta posesión, empujaron al médico de la localidad a personarse en el cuartel de la Guardia Civil y delatar al susodicho Quintana. Como consecuencia, a fin de evitar ser detenidos, aquellos que habían apoyado la República o  que habían tenido una implicación directa en la proclamación del comunismo libertario en 1933, decidieron construir una red de pasadizos y de escondites subterráneos para evitar ser capturados por las fuerzas requetés y falangistas, escapando de las batidas y de las ejecuciones. Ronald Fraser y Manu Leguineche describieron a aquellos que se escondieron durante la guerra y el primer franquismo como topos. Bien, pues, estos “topos” de Labastida consiguieron “desaparecer” durante casi un año, gracias a familiares y amigos, aunque, finalmente, todos ellos acabaron siendo apresados y condenados.

En este sentido, no es un despropósito pensar que si esto ocurrió en una localidad tan próxima como Labastida, pudiera suceder algo parecido en San Vicente. En el archivo me he ido topando con diferentes documentos de juicios en los que se acusa a aquellas personas implicadas en la experiencia comunista-libertaria de posesión de armas y explosivos. También revisión de condenas sobre aquellos implicados y también de los que participaron o tuvieron algún tipo de vinculación con el bando franquista, pero, pese a que los documentos son públicos, no desvelaré ninguno de ellos. No se puede afirmar ni negar que pudiera producirse lo apuntado para Labastida, pero, como decía, las fuentes indican que la delación pudo ser la causa principal de que varios simpatizantes de la República, anarquistas y comunistas fueran fusilados en la carretera de Rivas. De momento, tan sólo podemos preguntarnos, ¿hubo aquí una red de topos? ¿Sabemos con seguridad la identidad de todos los fusilados en Rivas? ¿quién fue, si lo/la hubo, el/la delator/a? Esperemos que la investigación ayude a dilucidarlo.

 

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